martes, 24 de agosto de 2010

Escribir un libro, tener un hijo, plantar un árbol...

"Escribir un libro, tener un hijo, plantar un árbol". Siempre he escuchado que, en la vida, uno por lo menos tiene que hacer esas tres cosas para perdurar en el tiempo. Si lo analizo fríamente, no deja de ser preocupante, pues yo nunca he hecho ninguna de las tres.

Nunca he escrito un libro, pero no porque no me guste escribir, sino que simplemente porque carezco de la paciencia y disciplina necesaria como para hacerlo. De hecho, poder retratar cada una de las cosas que hago o pienso, o esas ideas locas que pasan por mi mente, es una de mis actividades favoritas. Me considero relativamente creativo y original, pero escribir un libro es otra cosa... Una vez lo intenté, pues había empezado a hacerlo, pero a las pocas páginas lo dejé: soy un tipo demasiado inconstante, y estoy muy al tanto de que ese es uno de mis principales defectos ¿Vale la pena intertarlo algún día?: Sí, obvio que sí, pero para ello necesito alguna motivación que me mueva para intentarlo: algo que sea un verdadero motor que mueva mi corazón, mi cabeza y mi pluma hacia una misma dirección.

Nunca he tenido un hijo, pese a que estoy seguro de que eso debe ser lo más bello que puede suceder en la vida. No me cierro a la oportunidad, pero para ello tengo que estar con alguna niña que en verdad valga la pena y que la vea como la madre ideal para un hijo, porque la idea es que todo resulte bien... y no a medias. Así que, hasta ahora, lo más cercano a "un hijo" que he tenido era mi perrito Spike, que ya murió hace dos años.

Nunca he plantado un árbol; sólo una vez un cactus. Es cierto: hace años atrás, una vez en que, cerca de la playa, encontré un cactus semi decapitado a la orilla de un camino de tierra. Lo quedé mirando, y al verlo medio seco, lo recogí con mucho cuidado de una de sus puntas. En eso hice un pequeño agujero en el piso arenoso y lo deposité, y sin mucha fe le eché un poco de agua. Al verano siguiente volví al mismo lugar, y mi alegría fue enorme al ver que ahí mismo se hallaba el otrora cactus café: ahora estaba de un color verde intenso, ¡y hasta tenía una flor en su cabeza! Debo decir que me emocioné un poco, pues recién ahí pude ver que, a veces, la naturaleza era tan agradecida... y que nos daba tanto a cambio de tan poco.

Como verán, en esta vida no he cumplido con ninguno de los tres prerrequicitos que se suelen considerar para "perdurar en el tiempo". Tal vez en cien años más nadie sepa que existí, pero no por eso me debo amilanar. Sé que tampoco he hecho mucho, pues el camino es muy largo y siento que partí bastante tarde a recorrerlo. Pero lo que he hecho, lo he hecho con alegría, y con el convencimiento de que ha sido lo mejor que podía haber realizado con estas herramientas que poseo.

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