miércoles, 2 de junio de 2010

Italia 90: el punto de inflexión

Ya son varios años que llevo viendo fútbol. Y si algo me he percatado con ello es que el fútbol de ahora no es similar al de antes. Podría clasificar dos vertientes dentro de la historia de este deporte: los tiempos clásicos y los tiempos modernos.

Durante el Período Clásico, habían muchos más espacios para jugar, se daba más rienda suelta a la creatividad de los genios, y más libertad en el accionar. Por el contrario, el Período Moderno se caracteriza por mucho pressing al rival, defensas que se anticipan a las jugadas y que no dan un milímetro de ventaja, un juego donde el estado atlético es tanto o más importante como el virtuosismo personal. Para bien o para mal, el fútbol ha cambiado, e Italia 90 fue el punto de inflexión en ello.

Así es. El campeonato jugado en la bota itálica en esa fecha marcó un "antes" y un "después" en este deporte. Nunca antes había habido una defensa tan hiper profesionalizada como la de Italia, que contaba con tres bastiones como Franco Baresi, Guiseppe Bergomi y Paolo Maldini. Además, ahí se juntaron un grupo de futbolistas de técnica depurada y trato elegante del balón, pero que también eran aguerridos luchadores en el mediocampo: los llamados "volantes mixtos", grupo del cual Lothar Matthaus, Ruud Gullit y Dunga eran ejemplos destacables. También escuadras ultradefensivas, pero exitosas, que apostaban por la definición a penales desde el primer minuto, a sabiendas de que esa era precisamente su mejor arma: me refiero a la Argentina de Carlos Salvador Bilardo y de su arquero ataja penales, Sergio Javier Goycoechea.

Para mí, sin dudas ese fue el Mundial más emocionante que he visto. Y, por qué no decirlo, el mejor.

Ver a un archi suplente, como el delantero siciliano Salvatore Schillacci, coronarse como el máximo goleador del campeonato, o al tercer arquero de la albiceleste (me refiero a Sergio Javier Goycoechea) atajarle dos penales a Yugoeslavia y otros dos a Italia, fue algo notable. Y ni hablar de la alegría, la pasión, el color y el buen fútbol que aportaba Camerún: su estrella era Roger Milla, un talentoso delantero de 38 años que ya estaba apunto de retirarse, aunque igual volvería a actuar cuatro años más tarde en USA 94, ya con 42 años. Y, como no, la Alemania campeona con su paso arrollador, que era una verdadera aplanadora, un equipo casi perfecto.

Todos esos factores le dieron un condimento especial a ese Mundial. Puede que haya sido el con promedio más bajo de goles en toda la historia, pero eso no importa. El nivel de los partidos era de tal emoción, el ritmo y la pasión, que creo que fue a partir de aquel campeonato es que me hice fanático de este deporte. Si no habían tantos goles, creo que era más que nada por el alto nivel de los bloques defensivos, que ya no eran tan permeables como lo eran hace cuatro u ocho años atrás. Si ahí también hubieron partidos impresionantes, como el 3 a 2 de Inglaterra sobre Camerún, el 2 a 1 de Alemania a Holanda o el triunfo de Argentina a Brasil por la cuenta mínima.

¿Qué más? Nunca, y ojo que creo que NUNCA más, se volverán a jugar tal pléyade de figuras en un sólo campeonato. Anoten: Diego Armando Maradona, Roberto Baggio, Lothar Matthäus, Andreas Brehme, Claudio Paul Caniggia, Roger Milla, Rober Prosinecki, Jurgen Klinsmann, Franco Baresi, Emilio Butragueño, Marco Van Basten, Dunga, Bebeto, Guiseppe Giannini, Ruud Gullit, Romario, Bebeto, Frank Rijkaard, Paul Gascoigne, Enzo Francescoli, Paolo Maldini, Gary Lineker, Gianluca Vialli, René Higuita, George Hagi, Thomas Ravelli, Carlos Alberto Valderrama y Jorge Luis Burruchaga, son algunos de los nombres más descollantes.

Por esto y mucho más, Italia 90 fue mucho más que el último de los mundiales de la Guerra Fría: fue el punto de inflexión en el desarrollo del fútbol, y también el punto más alto, que han tenido los mundiales.

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